El Mercader

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Siendo una adolescente, Sara tenía respecto a su edad, una peculiaridad: raras veces se le miraba sin un libro, y cuando se le encontraba en posesión de alguno, más que leerlos parecía que los escarbaba, siempre parecía estar buscando algo, casi desenterrando algo.
Así era Sara, y para sus padres esto no representaba problema alguno, por el contrario los tranquilizaba, excepto por el desdén que su hija demostraba en cualquier otra actividad.

Sin embargo con el tiempo Barbara y su marido se acostumbraron a este hecho, apoyando su tranquilidad en que iba a madurar y sus gustos cambiarían quizás con el tiempo.

Lo que nadie sabía era qué había originado en Sara aquel peculiar gusto a la lectura, y el motivo de ello, era que aún la pequeña no supo nunca explicar aquel evento, mucho menos compartirlo con nadie.

Cuando apenas contaba 7 años, Sara había acompañado a Barbara al mercado de la ciudad por las compras semanales, según recordaba Sara aquello era una completa confusión, todo era demasiado grande, pero esa es la única impresión que un mercado puede ocasionar a una pequeña.
Caminaban en medio de la muchedumbre cuando su madre se detuvo en un pequeño puesto de frutas, y mientras ésta se dedicaba a elegir las mejores y regatear los precios, Sara notó cerca de donde se encontraban, un puesto muy particular, raro de hecho. Puesto casi en medio del estrecho camino, estaba compuesto por un mueble metálico con rodillos, con un pequeño gabinete de dos puertas en la parte de abajo y arriba un gabinete más amplio pero abierto, que estaba lleno de cofres de madera y metal, cada uno diferente al otro y con singulares colores. Pero lo que más llamó la atención de Sara, que recién empezaba su camino con las letras, fue el rótulo que lo encabezaba, que decía:

Vendo:

Sueños descosidos.

Alegrías olvidadas.

Incomodidades.

Opacadores de recuerdos.

Memorias.

Oportunidades.

Problemas…

Sara se acercó lentamente a aquel puesto, a la vez que vio acercarse a un hombre pequeño, regordete y de mirada seca. Lo vio tomar un cofre metálico de vivo color azul, dar al mercader unos billetes a cambio y andar su camino nuevamente.

El mercader, un hombre mayor con una barba muy larga y notables arrugas, pero con una agradable sonrisa, vio a la niña acercarse y la invito a ver su variada mercadería.  Sara, que sin darse cuenta se había acercado más de lo que convenía, no supo negarse a la curiosidad.

-¿Qué se ha llevado el señor en ese cofre?-inquirió Sara.
-Una generosa porción de Incomodidades.-respondió el mercader.
-¿Para que compraría alguien incomodidades?-preguntó Sara con incredulidad.
-Cuando la tranquilidad es tanta, te puede llegar a asfixiar -sonrió el anciano mercader.
-¿Puede ser eso posible?
-Te sorprenderias, pequeña, de cuantos cofres de esos vendo en una semana. La gente hoy en día no está satisfecha. Logran metas que no son propias, viven alegrías que no les llenan y se escudan en el confort que da lo conseguido y lo conocido. Cuando esto ya les es insoportable, vienen aquí y se llevan alguna porción de incomodidades que les mantienen entretenidos en novedades que pronto dejan de serlo, y vienen luego por más.-El mercader hablaba casi haciendo un discurso, con presteza y espontaneidad sin dejar de ver a la pequeña.
-Eso suena muy tonto.

-Puede ser pequeña -dijo sonriendo amablemente.

-¿Qué es aquello?-preguntó Sara señalando un cofre dorado, resplandeciente.

-Buena vista, ese cofre alberga alegrías olvidadas.
-¿Olvidadas?
-Verás, cuando somos jóvenes, todo es posible, todo nos es interesante y perfectamente alcanzable. Logramos pequeñas metas, nos sentimos encaminados y vivos. Pero el tiempo es una espada de doble filo, y puede hacer muchas cosas en nosotros. Con los años y las malas experiencias nos convertimos casi en autómatas, guiados por lo que nos dice la gente que es correcto, vivimos por inercia, y olvidamos las pequeñas alegrías que nos hicieron sentir vivos alguna vez.
-Eso suena triste.
-Y también tengo buenas porciones de tristeza por aquí-dijo el viejo señalando los cofres en una esquina, de desteñida y opaca madera.
-¿Para qué compraría alguien tristezas?
-Para sentirse vivo, pequeña.

Sara pensó en ello un momento y se sintió tonta por preguntar algo que la llevó a una respuesta similar, entonces preguntó con sincera curiosidad.

-¿Qué tipo de Memorias vende?
-Buena pregunta pequeña. Este cofre-dijo el mercader sosteniendo un cofre de vivo color rojo-es mágico, cuando lo abres, polvos y cristales de todos colores salen de él y una vez que respiras el aroma que desprenden, llegan a tu mente los recuerdos más hermosos o los más tristes que alberga tu alma, depende sólo de tu estado de ánimo.
-¿Cómo puede alguien olvidar momentos tan importantes?
-Cuando el presente y el futuro se instalan en tu puerta y tapan tu visión, poco logras saber de aquello que fuiste, que tuviste o que te condujo a donde estás, quizá apenas y te interesa por largo tiempo. Aunque no es la única razón, aquí ha venido gente con severos casos de amnesia- dijo el viejo con risa maliciosa.
-¿Qué son sueños descosidos?-preguntó Sara inocente al humor negro del mercader.
-Esos son los sueños, amores e ilusiones que tuvimos y que el tiempo y nuestra actitud, nos llevo a olvidar, a abandonar o dañar por nuestra propia mano. Cuando esto pasa, algo que alberga este cofre-dijo señalando un cofre negro- no nos deja reparar tanto daño.
-¿Qué hay en ese cofre?-preguntó Sara observando el cofre señalado por el mercader.
-Orgullo

Sara, cuya inocencia apenas llegaba a entender la profundidad de las palabras del anciano, tuvo otra ingenua duda.

-¿Vende algún antídoto para todo eso?
-Claro niña, -respondió el anciano casi sintiéndose ofendido por tal duda. Buscó con la vista y luego tomó dos cofres, uno de metal plateado y otro de madera lijada-son un magnífico combo, estos, querida, tienen más poder que lo demás son: coraje -dijo mostrando el cofre de madera- y libertad- dijo mostrando el cofre de metal.
-¿Pero…-Sara se vio interrumpida por el llamado de su madre. Por instinto volteo a verla, y la encontró en el mismo puesto de frutas, tendiendole la mano para que la acompañara. -Voy mamá.

Cuando Sara volvió la vista al anciano mercader, se sorprendió al notar que no estaba. Frente a sus ojos no había más que mucha gente que iba y venía, y por más que busco entre los puestos cercanos, el anciano y sus cofres no aparecieron más.

Por mucho tiempo se animaba al acompañar a su madre al mercado para continuar su búsqueda, siempre sin resultados. Y cuando le contó a Barbara su experiencia, ésta se animo por la imaginación de su hija.

Siendo una niña, las palabras de aquel anciano pudieron haber quedado sin mucho significado para Sara, pero despertaron su curiosidad, tanto que las recordó por mucho tiempo.

A medida que pasaron los años, Sara perdió la certeza de que aquello hubiera sido real, pero no el recuerdo. Por ello, desde el primer maravilloso encuentro con “El principito” un año después, no paró de buscar libros que le ayudaran a evacuar las numerosas dudas que aquello le había sembrado.

Desde la más inocente:¿Como podía alardear aquel anciano de almacenar la libertad en un cofre? hasta la más profunda: ¿Por qué alguien compraría sueños descosidos?
¿Por qué alguien seguiría sueños que no son propios? y con los años las más interesantes: ¿Por qué el mercader no vendía conciencia y humildad? y ¿Por qué, en todo caso, alguien compraría todo aquello a un anciano mercader, o buscaría todo aquello fuera, teniéndolo dentro mismo?

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